La constatación se ha vuelto tan evidente que casi resulta trivial. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, una fracción significativa de los principales medios de comunicación occidentales —con los estadounidenses a la cabeza, pero también los europeos— parece haber renunciado definitivamente al principio fundamental del periodismo: informar los hechos sin parcialidad. Ya no se trata de una cuestión de sensibilidad editorial o de un ángulo crítico legítimo. Es un fenómeno estructural, medible, documentado. Un estudio del Shorenstein Center de Harvard, publicado en febrero de 2026, revela que el 87 % de la cobertura mediática de la presidencia de Trump en los cinco principales medios estadounidenses (CNN, MSNBC, New York Times, Washington Post, ABC News) se clasifica como «negativa», una cifra estable desde 2017 y sin equivalente para ningún otro presidente de la era moderna, ya sea demócrata o republicano.

El problema no reside en la crítica. Criticar al poder no solo es legítimo, es la razón de ser de una prensa libre. El problema reside en la asimetría sistemática del tratamiento. Cuando Trump negocia un acuerdo comercial, el encuadre dominante es «¿qué podría salir mal?». Cuando la economía crea empleo, el reflejo es buscar la falla en las cifras. Cuando una decisión de política exterior produce un resultado, aunque sea parcial, la cobertura se concentra en los riesgos en lugar de en los logros. Este sesgo de negatividad selectiva —inexistente o invertido para otros líderes— crea una distorsión informacional que no beneficia al público, ni a la democracia, ni a la propia profesión. El Reuters Institute for the Study of Journalism midió en 2025 que la confianza en los medios tradicionales ha caído al 32 % en Estados Unidos y al 38 % en Europa, mínimos históricos.

Los mecanismos de este sesgo son múltiples y a menudo inconscientes. El primero es sociológico: las redacciones de los principales medios estadounidenses y europeos están compuestas en un 78 % por periodistas que se declaran «progresistas» o «de centro-izquierda», según una encuesta interna del Pew Research Center de 2025. Esta homogeneidad ideológica no produce necesariamente mala fe, pero genera puntos ciegos: ciertas perspectivas simplemente nunca se contemplan porque nadie en la redacción las comparte. El segundo mecanismo es económico: el «Trump bashing» vende. CNN vio aumentar sus audiencias en un 40 % durante los períodos de cobertura agresiva de Trump. El modelo económico de la indignación permanente se ha convertido en una trampa de la que las redacciones luchan por salir.

El tercer mecanismo, quizás el más insidioso, es el del «fact-checking» con geometría variable. Las declaraciones de Trump se examinan con una minuciosidad obsesiva —lo cual es saludable—, pero el mismo estándar casi nunca se aplica a sus adversarios o a los expertos invitados a comentarlo. Cuando un columnista del Washington Post afirma que «la economía se está desmoronando bajo Trump», nadie verifica esta afirmación, que sin embargo contradicen los datos de la Oficina de Estadísticas Laborales. Esta doble vara de medir mina la credibilidad de todo el ejercicio y alimenta la narrativa populista de que los medios son «el enemigo del pueblo», una retórica peligrosa que se nutre precisamente de las fallas reales de la profesión.

La pregunta que planteamos en OrChair —como medio fundado en la transparencia algorítmica y la ausencia de accionariado político— es la siguiente: ¿no sería un periodismo de opinión asumido más honesto que una pseudo-objetividad que ya no engaña a nadie? El modelo anglosajón de estricta separación entre «noticias» y «opinión» ha fracasado manifiestamente en la práctica, aunque siga siendo un ideal teórico loable. Quizás sea hora de admitir que cada medio tiene una línea, mostrarla claramente y dejar que el lector navegue con conocimiento de causa. Lo verdaderamente extraño, como subraya nuestro titular, no es que un medio sea crítico con un dirigente. Es que invierta tanta energía en desear que fracase, a riesgo de desear, consciente o inconscientemente, que el país que dirige fracase con él. Y eso, ningún periodismo digno de ese nombre puede justificarlo.