En noviembre de 2024, cuando las encuestadoras estadounidenses daban una contienda muy reñida entre Donald Trump y Kamala Harris, los mercados predictivos — Polymarket a la cabeza — mostraban una probabilidad de victoria de Trump superior al 60 %. El resultado final les dio la razón. No fue un golpe de suerte: es la consecuencia lógica de un mecanismo económico fundamental que la ciencia política tarda en reconocer.
Las encuestas se basan en una muestra de unos cientos o miles de personas entrevistadas en un momento dado, según una metodología que no ha evolucionado fundamentalmente desde la década de 1960. Miden una intención declarada, sujeta a múltiples sesgos: deseabilidad social, respuesta estratégica, volatilidad emocional. Los mercados predictivos, en cambio, agregan las convicciones de miles de participantes que invierten su propio dinero en el resultado. La información no es declarada, sino que se revela a través del comportamiento económico.
El teorema de Hayek, formulado ya en 1945, explicaba por qué los mercados superan a los expertos: ningún individuo, por competente que sea, puede poseer toda la información dispersa en la sociedad. El precio de mercado agrega esta información de manera descentralizada, en tiempo real, con una eficacia que ningún encuestador puede igualar. Cada apostador integra en su apuesta datos que los modelos tradicionales ignoran: rumores locales, tendencias sobre el terreno, señales débiles captadas por las redes.
Las objeciones clásicas —posible manipulación, liquidez insuficiente, sesgo de los participantes— han perdido relevancia con el auge de plataformas como Polymarket, Kalshi y Metaculus. Los volúmenes intercambiados en Polymarket durante las elecciones estadounidenses de 2024 superaron los 3 mil millones de dólares. A este nivel de liquidez, los intentos de manipulación se vuelven extremadamente costosos y se autocorrigen rápidamente.
¿Debemos concluir que las encuestas son obsoletas? No necesariamente. Las encuestas siguen siendo útiles para comprender las motivaciones, las preocupaciones y las fracturas sociológicas. Pero para predecir un resultado —elección, referéndum, adopción de una política—, los mercados predictivos son, estructuralmente, una herramienta superior. Es hora de que los medios de comunicación, los analistas y los responsables políticos lo admitan y los integren en su marco de análisis.





