Hay que tener cierto coraje —o cierta ceguera— para organizar, en 2026, una enésima cumbre mundial sobre «la IA al servicio del bien social» cuando un informe encargado por las propias Naciones Unidas acaba de admitir, en blanco y negro, que los gobiernos ya no comprenden la tecnología que pretenden regular. Sin embargo, esto es exactamente lo que Ginebra se dispone a hacer esta semana, con sus demostraciones en vivo, sus concursos de startups y sus mesas redondas sobre soberanía digital. Un ritual diplomático bien engrasado, mientras lo esencial se juega en otro lugar: en los laboratorios, en las rondas de financiación, en la batalla por el talento entre tres o cuatro empresas que, ellas, no esperan ninguna cumbre para avanzar.

Un panorama vertiginoso, una respuesta ritual

La conclusión del informe de la ONU es contundente: la IA progresa más rápido que la capacidad de los científicos y los gobiernos para comprenderla y regularla. Es una frase grave, casi vertiginosa, proveniente de una institución que mide cada una de sus palabras. Y sin embargo, ¿cuál ha sido la traducción concreta de esta alerta en la agenda de la semana? Una cumbre más, un foro más, ponentes de renombre que repetirán, con los matices de la circunstancia, lo que todos ya saben: se necesita más cooperación internacional, más salvaguardias, más diálogo entre el sector público y el privado. Mientras tanto, la verdadera actualidad del sector se desarrolla fuera de las salas de conferencias: una hemorragia de talento en Google DeepMind en beneficio de OpenAI y Anthropic, una rivalidad entre laboratorios que adquiere una dimensión geopolítica, y un calendario reglamentario europeo —el AI Act— que vence sin que la industria haya tenido realmente tiempo de prepararse seriamente.

Una gobernanza estrictamente reactiva

Seamos lúcidos: la gobernanza mundial de la IA funciona hoy en día de manera estrictamente reactiva. Se regula lo que ya ha ocurrido, se enmarca lo que ya está obsoleto en el momento en que el texto entra en vigor, y se organizan cumbres para tranquilizarse colectivamente sobre el hecho de que alguien, en algún lugar, está vigilando la situación. Pero la realidad del poder sobre esta tecnología no se encuentra en Palexpo, se encuentra en los centros de datos, en las rondas de financiación de cientos de miles de millones de dólares, y en las decisiones unilaterales de unos pocos laboratorios que avanzan al ritmo que eligen, independientemente del tempo diplomático internacional.

La ventana preventiva se ha cerrado

Hay algo casi conmovedor en la insistencia de la ONU en querer proporcionar «una base científica común» a los Estados antes de la apertura de negociaciones internacionales sobre la gobernanza de la IA. Pero una base científica común no sirve de nada si llega después de que las relaciones de fuerza económicas y tecnológicas ya están fijadas. La verdad es que la ventana para una gobernanza realmente preventiva de la IA se cerró hace varios años, cuando la carrera por los modelos primó sobre cualquier intento de coordinación internacional seria. Lo que se juega ahora en Ginebra, París y Seúl, es menos una gobernanza que una crónica, semana tras semana, de una industria que avanza sin esperar a nadie —ni siquiera a las Naciones Unidas.

Algunas reglas vinculantes, de verdad

El verdadero coraje, para los gobiernos reunidos esta semana, no sería multiplicar las mesas redondas, sino aceptar esta asimetría de velocidad y sacar sus consecuencias: apuntar a algunas reglas vinculantes, realmente aplicables y verificables, en lugar de declaraciones de intención consensuadas que nadie, en los laboratorios implicados, se toma el tiempo de leer.