Tres episodios, tres continentes, una misma semana. El sábado 25 de abril de 2026, en el Washington Hilton, Cole Tomas Allen, de 31 años, intentó penetrar armado hasta los dientes en el salón de baile de la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca, donde cenaba el presidente de Estados Unidos. La misma noche, en una carretera del departamento del Cauca en Colombia, un artefacto explosivo causó catorce muertos a poco más de un mes de las elecciones presidenciales. Quince días antes, en Roma, un hombre disparó con pistola a la eurodiputada Susanna Schlein durante un mitin de campaña — sin herirla, pero provocando terror en toda la clase política italiana. Tres actos cometidos por individuos aislados, tres veces en democracias consolidadas, y tres veces planteando la misma pregunta: ¿ha cambiado la naturaleza de la violencia política?
El individuo armado contra el Estado protector
En los tres casos, el perfil del perpetrador es extrañamente similar. Un hombre joven (entre 25 y 40 años), que actúa solo, sin afiliación organizacional verificada, que ha publicado mensajes políticos radicales en las redes sociales y ha adquirido sus armas de forma legal o semilegal. Esta tipología —la del «lobo solitario» politizado— no es nueva: Theodore Kaczynski, Anders Breivik, Stephen Paddock la encarnaron. Lo que cambia es su frecuencia. En Estados Unidos, el FBI registró un aumento del 47% en las amenazas directas contra altos funcionarios federales en el primer trimestre de 2026 en comparación con 2025. En Europa, Europol habla de una «aceleración sin precedentes» de los actos individuales con motivación política. El perfil ya no es marginal: se convierte en un rasgo estructural de nuestras sociedades.
Los algoritmos como aceleradores
Una constante atraviesa estos tres casos: el ecosistema digital. Cole Allen habría estado activo en varias plataformas alternativas. El sospechoso del mitin de Schlein había acumulado horas de vídeos conspiranoicos en YouTube y Telegram. El atentado colombiano, reivindicado por una disidencia de las FARC (el EMC de «Iván Mordisco»), fue precedido por una intensa campaña de propaganda en TikTok y X. Las plataformas no crean la violencia, pero la amplifican — al agregar a individuos aislados en torno a narrativas compartidas, al valorar lo extremo como contenido atractivo, al reducir a cero el costo de la radicalización. La Ley de Servicios Digitales europea, que entró plenamente en vigor en 2024, muestra sus límites frente a este fenómeno. En Estados Unidos, la ausencia de regulación federal agrava la situación. La moderación privada, por sí sola, no será suficiente.
El teatro democrático expuesto
Los acontecimientos del fin de semana también revelaron una vulnerabilidad que no nos gusta afrontar: la puesta en escena pública de la democracia — mítines, cenas institucionales, procesiones presidenciales, debates parlamentarios televisados — es precisamente lo que expone a nuestras instituciones al riesgo. La cena de los corresponsales, que reúne en un mismo lugar al presidente, su gobierno, varios cientos de periodistas e invitados prestigiosos, es un objeto simbólico de primer orden. Renunciar a estos rituales equivaldría a renunciar a la transparencia y la accesibilidad que definen la propia democracia. Pero mantenerlos supone ahora dispositivos de seguridad casi militares, cuyo coste político (imagen de un poder bunkerizado) y financiero (cientos de millones de dólares cada año solo en Estados Unidos) no deja de crecer.
La tentación autoritaria al acecho
El verdadero peligro no es tanto el ataque en sí como su respuesta política. Donald Trump utilizó inmediatamente el tiroteo del Hilton para relanzar su proyecto de salón de baile blindado en la Casa Blanca, un asunto emblemático de una visión donde la seguridad justifica la centralización y el distanciamiento del público. En Colombia, el atentado de Suárez alimenta el discurso de una derecha revanchista que exige el abandono de la «Paz Total» de Gustavo Petro para un retorno a una lógica militarizada. En Italia, el intento contra Susanna Schlein alimentó en Giorgia Meloni un llamamiento a endurecer la legislación sobre las reuniones. Tres veces, el mismo reflejo: la violencia política justifica la reducción de las libertades. Esto es precisamente lo que nos amenaza. Las democracias que han sobrevivido a ataques espectaculares (Israel, Reino Unido, Francia) a menudo han pagado el precio de un estado de excepción prolongado que se ha convertido, poco a poco, en el estado normal.
La opinión de la redacción
Sería fácil, en este punto, concluir con un llamado a «más seguridad» o a «más moderación en línea». Sería pasar por alto lo esencial. El desafío planteado por los ataques del fin de semana no es solo operativo; es civilizatorio. Nuestras democracias se sostienen por un consenso mínimo: se acepta perder una elección porque se tendrá derecho a volver a jugarla. Este contrato tácito está hoy desgastado en ambas orillas del Atlántico. En Estados Unidos, casi uno de cada tres republicanos piensa que la violencia política puede justificarse según las circunstancias (encuesta Pew, marzo de 2026). En Francia, la cifra es de uno de cada cinco franceses según el Ifop. Mientras estas cifras no disminuyan, ningún cordón de seguridad, ninguna muralla, ninguna inteligencia artificial predictiva será suficiente. El verdadero trabajo es político, educativo, mediático. Consiste en reconstruir el mínimo vital de respeto mutuo, sin el cual ninguna democracia se sostiene. Es lento, es ingrato, es menos espectacular que un proyecto inmobiliario de 90,000 pies cuadrados. Pero es, a la larga, la única respuesta válida.
Para recordar
- Tres ataques en ocho días: Washington (Cole Allen), Cauca (Colombia), Roma (Schlein).
- Perfil recurrente: hombre joven, aislado, radicalizado en línea, armado legalmente.
- +47% de amenazas contra altos funcionarios federales de EE. UU. en el primer trimestre de 2026 (FBI).
- Principal riesgo institucional: la deriva securitaria en respuesta a la violencia.
- El 32% de los republicanos considera que la violencia política puede justificarse (Pew, marzo de 2026).
Fuentes:





