Había que atreverse. Ante una ola de calor que frena el consumo, la respuesta del Estado no es un plan de adaptación de los comercios al calor, ni una reflexión sobre los ritmos de trabajo en períodos de pico térmico, ni siquiera un gesto simbólico hacia el clima: es una extensión de la duración de las rebajas. Una corrección puramente comercial a un problema que, año tras año, deja de ser una contingencia meteorológica excepcional para convertirse en un componente estructural de nuestros veranos. Ya no se cuentan los episodios de ola de calor que Francia ha experimentado en los últimos años, y sin embargo la respuesta política sigue siendo la misma cada vez: un ajuste reglamentario a corto plazo, tomado con urgencia, sin abordar nunca la cuestión de fondo.
Una jerarquía implícita de prioridades
Esta elección no es insignificante. Revela una jerarquía implícita de prioridades que atraviesa la acción pública francesa desde hace años: cuando hay que decidir entre apoyar el consumo inmediato y emprender una transformación estructural frente al cambio climático, es sistemáticamente la primera opción la que prevalece. Es más simple, más rápido, más consensual políticamente —nadie se opone frontalmente a una ampliación de las rebajas, mientras que cualquier medida restrictiva relacionada con la adaptación climática choca ineludiblemente con oposiciones categóricas, patronales o sindicales. Resultado: se trata el síntoma —la disminución de la afluencia a las tiendas— sin tocar nunca la causa, ese calor que desanima los desplazamientos, agota a los empleados y pone en peligro a los más vulnerables.
El costo invisible de la no-decisión
Lo peor es que esta no-decisión tiene un costo que no se ve inmediatamente en las cifras del comercio, pero que se pagará más tarde, y más caro. Cada verano en que se elige prolongar un calendario comercial en lugar de invertir en la adaptación de edificios, transportes y condiciones de trabajo al calor, es un verano de retraso acumulado en una transición que no conoce pausa estival. Los propios comerciantes, en su mayoría, no se equivocan: varias voces del sector han recordado que prolongar las rebajas no resuelve en absoluto el problema de fondo de un consumo frenado por el calor. Se trata el efecto, nunca la causa.
Una división que se invita a la campaña de 2027
Esta misma semana, el incipiente debate electoral en torno a las elecciones presidenciales de 2027 ilustra hasta qué punto este tema sigue siendo políticamente explosivo. Por un lado, una línea que privilegia la vuelta al trabajo y el crecimiento; por otro, voces que exigen que la lucha contra el calentamiento global y la protección de los más precarios se conviertan finalmente en la prioridad absoluta, incluso si ello implica romper con la lógica del crecimiento infinito. Esta división no es nueva, pero adquiere una intensidad particular cuando se reproduce, concretamente, en la cuestión muy prosaica de si se prolonga un calendario de rebajas en lugar de iniciar una reflexión profunda sobre la adaptación del país al calor.
Una exigencia de coherencia
Seamos claros: nadie pide al Estado que resuelva el cambio climático en un verano. Pero es legítimo esperar, por parte de los poderes públicos, un mínimo de coherencia entre el diagnóstico —episodios de canícula cada vez más frecuentes e intensos— y la respuesta aportada —un ajuste calendárico puramente comercial. Mientras falte esta coherencia, cada nueva ola de calor dará lugar al mismo reflejo: un gesto de circunstancia, seguido de un silencio de varios meses sobre las verdaderas cuestiones de adaptación, hasta la próxima ola de calor.




