Apenas eran las 5 de la mañana del sábado 25 de abril de 2026 cuando los primeros disparos intensos resonaron en Kati, a unos quince kilómetros al noroeste de Bamako. La localidad alberga el campamento militar que sirve de residencia oficial al general Assimi Goïta, jefe de la junta en el poder desde el golpe de Estado del 24 de mayo de 2021. Al mismo tiempo, se escucharon detonaciones a más de 1.500 kilómetros de distancia, en Kidal, Gao y Sévaré. Por primera vez desde la toma de poder de los militares, el Estado maliense se enfrenta a una ofensiva armada coordinada a escala de todo su territorio, una demostración de capacidad operativa que cambia la naturaleza misma del conflicto.

Una operación concebida como una demostración de fuerza

Según los primeros elementos recopilados por RFI, France 24 y Jeune Afrique, la ofensiva movilizaría a «varios cientos, o incluso más» de combatientes. Los ataques apuntan simultáneamente a objetivos simbólicos —el campamento de Kati para la junta, las capitales regionales del Norte para el Estado central— y a objetivos de oportunidad como puestos de gendarmería aislados en el centro del país. El Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), afiliado a Al-Qaeda y dirigido por Iyad Ag Ghali, reivindicó la operación por la mañana a través de sus canales de Telegram, hablando de una «campaña nacional» destinada a «liberar a Malí de la tiranía». El movimiento ya había multiplicado los ataques de gran envergadura en los últimos meses, pero nunca de manera tan sincronizada.

Kidal: el retorno ofensivo de los tuareg

En el Norte, la ofensiva tiene otra firma. El Marco Estratégico Permanente — Declaración Política y Acción (CSP-DPA), coalición rebelde tuareg, afirma controlar varios barrios de Kidal, ciudad reconquistada por el ejército maliense y sus auxiliares rusos de Africa Corps (ex-Wagner) en noviembre de 2023 a costa de combates sangrientos. Si se confirmara, la pérdida de Kidal sería un revés estratégico importante para Bamako. En Gao, los combates se concentran alrededor del campamento militar y el aeropuerto. Las ONG humanitarias presentes en el lugar informan de disparos de armas pesadas y de un corte total de las comunicaciones móviles, lo que imposibilita cualquier balance a mediodía.

Una junta debilitada, apoyos rusos en retirada

El ataque llega en el peor momento para el poder de Assimi Goïta. Desde la muerte, en julio de 2024, del comandante Serguéi Tchoubko y de varias decenas de combatientes de Wagner en la emboscada de Tinzaouatène, la presencia rusa en Malí se ha reducido y profesionalizado bajo la bandera de Africa Corps, pero sin recuperar su volumen inicial. El ejército maliense, por su parte, paga el precio de cuatro años de purgas políticas, recortes en la formación y un esfuerzo de guerra concentrado en los drones turcos Bayraktar TB2 —eficaces en zona abierta, pero poco pertinentes en combate urbano. En Bamako, el rumor de un posible golpe de fuerza interno aprovechando el caos circuló toda la mañana en las redes sociales, sin confirmación hasta el momento.

La región contiene la respiración

Los vecinos de Malí —Burkina Faso, Níger, Mauritania, Senegal, Argelia— reforzaron inmediatamente sus dispositivos fronterizos. La CEDEAO, de la que Malí se retiró a principios de 2024 junto con sus socios de la Alianza de Estados del Sahel, publicó un comunicado pidiendo «moderación y protección de las poblaciones civiles». París permaneció en silencio a mediodía; la embajada de Francia en Bamako se limitó a recomendar a sus 4.200 ciudadanos que permanecieran confinados. Washington anunció un seguimiento de la situación por parte del Africa Command. Más preocupante, un telegrama de la ONU consultado por la AFP evoca un riesgo de desbordamiento del conflicto hacia el oeste, hasta Kayes y la frontera senegalesa, donde la presencia del JNIM se ha intensificado desde el otoño de 2025.

La opinión de la redacción

La ofensiva del 25 de abril de 2026 no es una incursión más: es la culminación de una estrategia paciente, preparada desde hace al menos dieciocho meses por el JNIM y sus aliados tácticos. Al atacar simultáneamente Kati, Kidal y Gao, los grupos armados marcan su entrada en una nueva fase —la de una guerra convencional descentralizada, y ya no una guerrilla de emboscadas. La junta maliense, fragilizada por sus elecciones geopolíticas (ruptura con Francia, dependencia rusa) y por el desmoronamiento de su herramienta militar, se encuentra desnuda ante una amenaza que subestimó durante mucho tiempo. Para todo el Sahel, el escenario que se perfila es el de un colapso al estilo libio o somalí, pero a otra escala. La comunidad internacional, y en particular la Unión Africana, no podrá seguir ignorando por mucho tiempo: un Malí entregado al JNIM es la antesala de una crisis migratoria, de seguridad y humanitaria cuyo precio Europa pagará tarde o temprano.

A retener

  • Ataques coordinados al amanecer del 25 de abril de 2026 contra Kati, Bamako, Kidal, Gao y Sévaré.
  • JNIM (grupo afiliado a Al-Qaeda) reivindica una «campaña nacional».
  • CSP-DPA tuareg reivindica el control parcial de Kidal.
  • Campamento militar de Kati atacado: es la residencia del general Assimi Goïta.
  • Presencia rusa (Africa Corps) reducida desde Tinzaouatène (julio de 2024).

Fuentes: - Boursorama / AFP — Malí: ataques coordinados cerca de Bamako y en el interior, 25 de abril de 2026 - Le Temps — Malí sumido en ataques coordinados cerca de Bamako, 25 de abril de 2026 - RFI — Malí: se escuchan disparos en varias localidades, incluyendo Kati, feudo de la junta, 25 de abril de 2026 - Jeune Afrique — Malí: lo que se sabe de la ofensiva de los grupos armados en Bamako, Kidal y Gao, 25 de abril de 2026